Deambulo por la casa,
rozo el revés de las gaviotas,
camino con el vértigo de la luz
hasta romper el horizonte.

Un juego que abre la puerta del aire
y descubre que la tierra grita redondez.

No hay milagro, solo este guiño
incapaz de atrapar el destello
que se desvela en los rincones.

No hay milagro, solo el espacio
de unos locos que se abrazan,
que buscan el mar

mientras deshacen el desierto.

[ Un concierto de sonidos diminutos, pág. 37. Heráklion. 2010]

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