Miro la cerámica, rota, con restos de alguna vela que alumbró diálogos y silencios. No recuerdo de qué ha sido testigo esta pequeña palmatoria que ha pervivido en el armario después de cuarenta años. Solo recuerdo el momento generoso cuando una mujer menuda, enlutada a lo alentejano, me la regaló. Quiso responder al gesto que había tenido con su nieto al ayudarle a comprender la dificultad de unas materias de estudio.

Gesto por gesto. El mío respondía a mi compromiso docente el suyo al instinto generoso de abrir puertas a lo bueno. El chico, huérfano de padres, solo le tenía a ella, una sobreviente de la Guerra Civil. Nunca olvidaré el detalle de obsequiarme con aquella cerámica artesanal, aparentemente sin valor.

Con el tiempo comprendí que no quería pagarme que tan solo intentaba hacerme comprender que mi trabajo estaba unido al suyo ese de hacer crecer al pequeño.


Cuando la viuda y su nieto se marcharon la cerámica lució en mi mesa de despacho.

Durante mucho tiempo estuvo junto a mis papeles. Después, viajó conmigo ocupando un lugar preferente entre los envoltorios y cajas de las cuatro mudanzas. Me vio llorar y también reír.

Por eso, ayer, al descubrirlo en el armario que vaciaba para tirar lo que no servía, no pude evitar, como quien se muere, repasar la historia del objeto y devolverlo a su sitio manteniendo con él el tesoro de los gesto sencillos, los que me han hecho crecer y ser mejor personas…

Déjanos un comentario 2 Comments

  • Carmen Salas dice:

    Qué bonitos son esos gestos donde no importa el valor material, sino la intención, la buena intención que perdura en la memoria y se disfruta como el mayor de los premios. Me ha gustado mucho tu propio gesto de devolver ese objeto a su sitio, con su valor intrínseco y enorme, el valor de los pequeños gestos que nos emociona. Su verdadero valor.

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