Desde el verde de tus ojos miro
el último reflejo del día.
Todo está a oscuras.
Nadie baja las persianas.

Cuesta la docilidad de lo irremediable.

Los perros reclaman las aceras.
Unos transeúntes esquivan ladridos
por las esquinas.

Se evita el naufragio de los deseos.

Dejo de mirar, me envuelvo en la sordera
de la tarde. La suciedad de los cristales
no justifica el ruido de la calle.

Qué difícil es admitir la cobardía.

[ Un concierto de sonidos diminutos. Herákleion, 2013, pág 54]

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