Al escribir descubro que la palabra no es una realidad a domesticar sino algo frágil que tiene que amarse despacio, muy despacio… Es verdad que a la hora de escribir la dificultad está en el blanco del papel, en la palabra inexistente, en el adjetivo inoportuno, y sobre todo a la lentitud a la que te obliga la creación.

La palabra está pero se escapa. Otras veces, a pesar de su ser frágil, viene revestida de solemnidad y aparente lujo.  Atreverse a cogerla es un riesgo porque, después de ser encerrada en moldes mecánicos, todo se deshace. No es fácil seguir su rastro. Es mejor , en todos los casos, que el silencio ocupe el lugar de la prisa.

Y cuando la palabra, el vocablo justo, llega y la expresión parece tener consistencia, entonces la palabra  te pide más calor.  Irresistible seducción. Ahí, en ese duelo -casi erótico-, la palabra sale victoriosa dejándote el alma en un suspiro y la razón en una duda. La palabra, siempre pidiendo más y exigiendo el carnet de fidelidad. Sí, es difícil domesticarla, querer que venga cuando no viene, que diga lo que no puede. La palabra es una amante de cuidados exigentes difícil de doblegar

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