Francisco Mesa, un extremeño afincado en Madrid y seguidor de mi obra desde hace muchos años me escribía:


«Faustino, esto es lo que he [ escrito] a la sombra de «Notas para no esconder la luz». Muchas gracias… tus poemas son algo así como los cristales de una vidriera y según quien los lea adquieren uno u otro color, y siempre como una invitación a disfrutar de la inmanencia, de lo más primario, del cariño más cercano…» Después en un mail, aparte me enviaba esta reflexión:

Notas para no esconder la luz”.de Faustino Lobato.

«Me he adentrado en el libro, con la misma reverencia que en una catedral gótica, en el que las palabras ejercen de vidriera. Nada más empezar, el poema, (creo que el libro es un único poema) advierte de que la luz convierte en verbo transitivo al color, en reflejos, en presencias que desbordan cualquier forma y esa transitividad requiere la presencia de al menos dos participantes, el autor y el lector.

Mientras leía, miraba y veía a través del color de la luz de los vitrales, y caminaba de la mano de las palabras, como pudiera ir por la nave central a un deseadísimo encuentro. Iluminado por la luz, por el verso que deshace las distancias. Inundado por esa luz, ese color, ritmo o compás, que es el anhelo de la palabra a la que falta el aire en el deseo.

Acaso es la luz, la plena consciencia de la velocidad del tiempo, de lo inaprensible del mismo e invita a asumir el vértigo del instante. De ahí que duela la palabra que busca un verso, y de modo único invite a saborear cada milésima de segundo de vida.

La luz filtrada por los vitrales los dota del color que le aportan la sementera de los sentimientos, de los recuerdos y esta ilusión que barre la tristeza de este vértigo de no saber.

Y a medida que pasan los poemas, pasan las horas, las etapas de la vida, porque la jornada es el esquema de una vida, con sus diferentes colores conseguidos con la suma y la resta de luz y de oscuridad que dotan a cada instante del color propio, según las fuerzas e ímpetus de cada lectura.

Como dijera Goethe (“el mundo siempre guardará un lado diurno y un lado nocturno”) que a cada color corresponde un sentimiento y un estado de ánimo. El gris deja de ser gris, ante el certero atrevimiento de los sueños, frente a la confianza del camino

En el paseo por la nave central, iluminado, moldeado por la luz el poema nos lleva hasta la Corolla, altar mayor, dónde hemos de esperar lo cierto, como la oscuridad que ansía el alba, y ahí la luz, ya es esperanza, y es una declaración de amor a los seres queridos, a la vida y al deseo de no perder ni una milésima de segundo en nada que no suponga amar con todas las fuerzas a las personas que nos rodean. Y al abrazar las presencias en este punto y seguido de la noche, dejo que se confunda, compasivo, el fuego con la luz. Y me parece escuchar el grito crepuscular de Goethe: Licht! Mehr licht!” (Luz, más luz)

A Francisco Mesa Vega le estoy muy agradecido por esta reflexión maravillosa que va a lo esencial del libro empleando este metarrelato de un viaje por el interior de una catedral gótica imagen del alma y sus emociones

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