DE CUÁNTA NOCHE CABE EN UN ESPEJO. Jorge Pérez Cebrián. Editorial Pre-Texto

Hace unos años, antes de la terrible pandemia Covid leí un libro de poemas recomendado por mi amigo José Iniesta, La voz sobre las aguas, editado por Valparaíso. El autor, en ese momento desconocido para mí, era Jorge Pérez Cebrián. Quedé realmente sorprendido por su forma de escribir. Transmitía mucha emoción y profundidad en sus poemas. A partir de ese momento comencé a seguir el proceso poético de este autor con mayúsculas, a pesar de su juventud. El siguiente libro de poemas fue La lumbre del barquero (Olélibros).

En el año 2021 Jorge gana el XLIII Premio Internacional de Poesía “Arcipreste de Hita “ de Alcalá la Real de Jaén con un libro de poemas: “De cuánta noche cabe en un espejo”. De este tercer libro, que tengo dedicado por él, es del que voy a atreverme a dar unas notas, unos apuntes a modo de reflexión.

Este libro de poemas comienza con una dedicatoria  a María José Sevilla, Por dar a los espejos sus razones. En él se contienen 27 poemas, veintisiete formas de mostrar  la huella de una búsqueda y otras tantas preguntas ante la sorpresa sagrada del encuentro y el terror (tremore)  de la belleza,  cuando surge.

  1. Sobre el título

Me llama la atención el título: De cuánta noche cabe en un espejo. Considero que este es ya una forma de anunciar el paisaje lírico que el lector va a encontrarse a lo largo de las 64 páginas de la obra. Un pronombre interrogativo de cantidad, [ cuánta], abraza dos imágenes: la noche y el espejo. La primera, es la realidad que alberga el  misterio del ser, el punto de inflexión de la mística y el encuentro con lo otro, indefinido; el espejo, es la imagen del alma, del ser íntimo que alberga todo los presentes continuos, el lugar donde pasado y futuro se funden. Con este panorama literario Jorge Pérez Cebrián nos lleva de la mano, paso a paso, por su obra, con la lentitud propia del buscador de perlas en la orilla de lo humano, hasta la frontera de lo trascendente.

  1. Sobre el contenido

Después de una relectura intuyes la arquitectura de la obra: los pasos que nuestro autor va dando a lo largo de sus páginas. De entrada, se observa unos poemas muy pegados a la tierra, versos de la existencia inmediata, un Dasein perfecto. 

 El punto de partida es la carne como lenguaje de lo eterno. Luego, viene la paradoja de la herrumbre y el oro, lo frágil y lo permanente, el pasado, patria de las rosas y el presente, la arena entre sus tallos. Una ecuación sobre la que se yergue el mundo.

Así, de forma contundente y entre silencios versales, Jorge Pérez Cebrián nos introduce en un mundo inexplorado, en la pura búsqueda, más allá de la simple aventura y advierte:  Hic sunt dracones, [aquí hay dragones].  Y es, en este territorio de lo terrible, donde el yo lírico tiene la piedad de orientarnos: Mira a lo lejos/ allí sobre las aguas, detenido,/ su huella se parece a cada humano/ que alguna vez dará su rastro al viento.  Con esta actitud, que sobrecoge, nos sigue advirtiendo que sin darse cuenta,/ todo pasa, / y en solo un cuerpo yerra el infinito.//  El leve cuarto se diluye.// La luna lo contempla con dulzura, // y vuelve a ser un niño que se sueña. Esta advertencia primera nos sitúa en la realidad, en ese rojo,  Incarnadine, de la existencia única que habla del valor y del sacrificio y que por más que te bauticen otros mares/ tu mano que es tu mano y flor desnuda / delatara encarnada tu presencia.

Pérez Cebrián, antes de seguir nos enfrenta, inteligentemente, a la Hybris, a la desmesura, al ego desmedido de un escritor contemplando su libro. Y repite, con una anáfora versal:
habré de decir yo frente a estos signos…/ Mirar afuera y ver/como mi alma se enfría lentamente;
Habré de decir yo /frente a este objeto.
Y aquí, señala el hecho mismo de escribir, de cómo el autor es impotente ante su escritura, incapaz -a veces- de expresar lo que siente:  en su soberbia de dar caza a algo que huye, temblor de dar palabra a lo que calla. Por esto dirá el yo literario: Pasa la página / y dale -a lo que he sido- su descanso: la última piedad de no ser nada.

A partir de estos poemas, los siguientes versos se irán enlazando en un mirar afuera sabiéndose arcilla, la débil sed del sueño ya materia,/la trágica verdad del ya ser algo,/la sombra que se arrastra por el día. Una cosa. Tan frágil. Una mirada     que provoca la sorpresa  al yo lírico, que termina por decir, “aunque jamás lo imaginé/siempre supe/que el sol se movería para ellos. // Es tan extraño. Ese paradigma anti-galileano que muestra lo real al revés ante la impronta de muchas “leves cosas cotidianas”. Sí, el poeta nos enfrenta a una visión de lo terrible tan cercano, sobre la destrucción,  del saber “que el amor es la ira/de la belleza/contra el mundo. Al mismo tiempo descubre “esa otra forma del amparo” donde se detiene para elegir ”el camino de la ruina”/ porque es allí donde el temor se rinde/ aquel primer temor que es la belleza.” Se puede aspirar a mucho pero es importante, ante la pretendida riqueza, conocer las condiciones que la propia humanidad nos impone, éstas que nuestro poeta subraya:
si conoces tu rostro por reflejos; si la vaga superstición () abraza cada instante que te ha sido; si todo es es cierto y si tu cuerpo existe; si ya no hay nada…/Entonces ríe.

3. Sobre el gesto  de mirar 

El gesto de mirar atraviesa todo el libro de poemas. Mirar es la acción de quien  observa atentamente y, a la vez, se contempla en ese otro espejo de la realidad: un contemplar el alma “desde fuera” y hacia afuera. En esta obra, la mirada tiene el tono de lo contemplativo: un “mirar afuera y ver cómo el alma se enfría lentamente” (16). Por tanto, la mirada es prospectiva e introspectiva. Así, la maestría de Pérez Cabrían le hace decir al yo literario:  “mira a lo lejos y sueña” (12/13); Pero atención, esta acción de mirar tiene también la capacidad de cambiar, de pervertir la realidad,  “el rumbo de las aves” (14). Por eso , en otro poema  ruega no distraerse , “nunca,  hacia los lados,/ más allá de las lindes/ por más que un canto leve/ nos reclame”. La mirada contemplativa, si lo es, no admite distracciones.

Más adelante, en el ecuador del libro, este gesto de mirar deja de serlo cuando, como Calícrates, “cansado, cierra los ojos” (37); sí, “cierro los ojos,” dice el yo lírico, después de callar en una “noche sin dueño”. 

En las páginas finales vuelve a brotar este hecho del mirar a través  del cual el yo líricco contempla,  “con los mil ojos de la noche”;  es la mirada del frío, “del hierro que sostuvo (los) insomnios”. Una mirada singular, provocadora, que empuja a descubrir la presencia de lo ausente: “hallarte, dice, fue mirarte entre la gente/ ser del aire”. Este es el mirar que el propio yo ve en “los párpados de sal de las estatuas” (50).

La mirada es la que al final- en el camino-, entre el miedo y la sonrisa, se fija en “nuestras manos” y termine por ser un punto imperativo donde importa detenerse, “porque después de todo, tú eres esto”: “la irrepetible rúbrica del cielo/… La anónima canción del viento…/”que llena a cada instante tu mirada: /los otros que a pedazos te componen”. Esto es la mirada, “esto es todo”./ “Porque esto es lo que cabe en los espejos”.

4. Sobre lugares y situaciones

No quiero terminar estas notas reflexivas sobre la obra sin notar cómo Jorge Pérez Cebrián emplea el recurso de los lugares para apuntalar la sorpresa ante lo bello, como Calícrates ante el Partenón donde su mano se detiene , observa el fiel candil/ y tiembla el infinito en una llama, la gloria de su pueblo en una línea.”  Y también, sorpresa ante la realidad más lacerante, la muerte , como aparece en este poema de London Bridge: En el puente de Londres/ bajo los mismos astros ya callados…/ Los niños van cantando todavía. /Venid y ved/ con cuánta luz danzamos a la muerte/ con cuánta luz danzamos a la muerte.

Y cómo no, el poeta no dejará de enfrentarnos al dolor y a la curación de éste con el decir socrático de ofrecer un gallo para Asclepio (Esculapio). En el paisaje de curación el yo se pregunta  cómo mirar y  explicar [te] “que he devuelto tu iris a la carne/ y lavado en tu voz mitologías”.

En páginas centrales, y como un paréntesis estético, Jorge Pérez nos coloca ante  unas situaciones a modo teatral, una ventana en tres actos. Los versos de estas páginas son la pura contemplación del existir, la del hombre en un cuarto,(¿su propio cuerpo?). Aquí se  marcaran situaciones en la que el yo literario sabe “que el viento guarda músicas sagradas y que en algún lugar /nacerá el mundo…y tanta oscuridad tendrá sentido.” En ese estado, el hombre sueña mientras afuera crecen los desiertos. Magnífico soliloquio a través del cual el yo lírico reconocerá que ha “aprendido, al ver danzar el polvo/ que arena y polvo y viento es lo que queda.«

En las páginas finales, un poema que habla de la Presencia,. Este muestra al lector una situación abierta a través de la que tendrá que reconocer, sentir y ver su llegada:
Llegará. -dice- Y cuando ofrezca el fruto de su fuente / toma sin miedo. Observa. // Porque eso será todo lo que queda, los bordes diluidos del recuerdo,/la nostalgia: // las formas inexactas/ de la vida.

 Concretando, este panorama de lo bello, de la muerte y del dolor no es más que “un ritmo ancestral que respira por [nuestras]pieles” (56), que no es ajeno al ser humano y forma parte de él. Realidades que, por más que no queramos, no cejan en su empeño de estar presente a lo largo de nuestra existencia. Con maestría, Jorge Pérez nos hace mirar, contemplar, traza una necesaria meditación poética, la de esta obra, sobre el misterio de nuestra propia vida. 

5. Nota final

Atendiendo a lo expuesto, considero que la obra de nuestro autor es, también, un magnífico ensayo poético; un excelente trabajo que habla de un poeta con voz  propia,   un crescendo literario muy personal que nos alegra. Enhorabuena. Espero el regalo de la siguiente obra.

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