Comenzaré diciendo que siempre me resulta delicado hablar de algo tan íntimo como es un libro de poesía y, más si cabe, cuando a eso le añadimos que el autor al que vamos a tratar es alguien muy querido. Ya nos advertía Rilke al respecto en la tercera de sus Cartas a un joven poeta, pues con contundencia expresaba su rechazo a la labor de la crítica literaria, por considerarla incapaz de acceder a la “ciudadela del misterio creador”.

Y dicho esto, a mí me gustaría empezar por lo primero que me encuentro al tener el libro entre mis manos, con el título, NOTAS PARA NO ESCONDER LA LUZ. Al hojearlo, con h, es decir, al ir pasando sus páginas con una primera intención de situarme dentro de él, me doy cuenta de que dicho título define perfectamente el interior.

Y esto me lleva, como del rayo, a su estructura, uno de los fuertes de Faustino Lobato, esa arquitectura seductora que traba todas las partes del libro con actitud explicadora, con gusto y originalidad. Tan es así que cada capítulo se inicia con unas notas versificadas que irán haciendo de guía en cada uno de los poemas de los que se van componiendo las partes.

A su vez las partes principian con poemas en prosa que el autor ha querido ofrecernos de manera bilingüe, en español y en portugués, reflejando el amor a las lenguas de sus puestas de sol; lo diverso de la mirada en el conjunto del discurso.

Inaugura el volumen una cita de José Iniesta, sin duda uno de los poetas más luminosos de la actualidad, que contextualiza el ideario de este conjunto de poemas; nos dice Iniesta: Ya somos en la cumbre lo profundo,/ y aquí todo caer se me hace vuelo/girando sobre el eje de la luz,/olvido de mí mismo en la ignorancia.

Le precede un magnífico prólogo de Santiago Méndez, escritor pacense y amigo personal de Faustino, que acierta en las claves de esta más que interesante andadura, y así nos dice: Hay una búsqueda, pero no explícita. La luz se impone y, a su vez, es el hilo conductor del libro. La luz incierta del alba que da contorno a las cosas, hasta ese momento, oscuras. La luz externa y, sobre todo la que vive dentro del ser humano, que es la que más interesa y, al mismo tiempo, más temor causa a Faustino Lobato.

Posteriormente, en el pórtico del grueso poemático, una cita de Carlos Marzal, extraída de su poema El combate por la luz, contenido en el libro Metales pesados, nos declara las intenciones de Lobato, y así nos dice el valenciano: De tanto ver la luz hemos perdido /la recta proporción de ese milagro, /que otorga a la materia su volumen.

Y Faustino se da perfecta cuenta de esa ingratitud, de ese exceso de vanidad. No es un mérito propio el día que sucede, la luz que nos visita y nos sorprende, la ocultación de las formas tras la tarde y su verdad creciente, duda y misterio en la concavidad del claroscuro.

Y él se da cuenta, como decía, mientras camina y observa, se piensa y se vive, como cualquiera, desvalido ante el misterio; necesitado de respuestas, se hace las preguntas. Y ahí está la poesía, en esa búsqueda interminable de la luz, el ascenso a la idea, el milagro de lo que acontece.

Miramos tantas veces con los ojos vendados que ni siquiera nos damos cuenta de nuestras propias contradicciones, del incierto paraje que es la vida. El poeta Faustino Lobato camina y anota. Anhela alumbrar los recovecos de la in materia, los más temidos, los nuestros, esa sed que ni somos, un lene vapor informe si no fuese por la luz que rellena el contorno y lo muestra, lo hace caricia ante los ejes sombríos del espacio y el tiempo.

La luz es una forma de energía que ilumina las cosas, las hace visibles y se propaga de un modo infinitésimo. Así como la poética de Faustino Lobato, en la que se confunden lo experiencial, la lírica del pensamiento, la mística cercana y la participación, referida esta al concepto platónico al que recurriría Claudio Rodríguez al definirnos la poesía.

Y todo esto a través de esa amalgama sonora y colorida que significa y no es otro elemento que la palabra.

Y ¿Cómo es la palabra de Faustino Lobato?

Es limpia. Podría decir clara, pero me sale decir que es limpia, pues está desbrozada para que penetre la luz y brille con sencillez.

Es pétrea, como guijarros de un lecho por el que fluye un caudal casi insonoro, sin ruidos, con sonidos que podrían olerse en el silencio de la nada;
decir es también saber dónde callar.

Es una palabra iluminada. Iluminada por la música del verso libre, la libertad que asume y ofrece aquel que sabe lo que quiere decir.

Y es una palabra esencial, pues al poeta le brota renovada por la contraposición de su mundo interior; el abrazo necesario entre los espacios intra psíquicos y la realidad extra mental.

Acabo ya diciendo que NOTAS PARA NO ESCONDER LA LUZ es un itinerario o, como bien dice su acertado prologuista, una road movie, que se concentra en el día y su periplo lumínico, que se desarrolla al paso, al más puro estilo del poeta observador.

Es un libro sincero en el que priman las sensaciones; un polvorín emocional contenido por la sabiduría de la creación literaria, que palía la indefensión del ser humano ante la ignorancia de las respuestas.

Notas para no esconder la luz es, para mí, el mejor libro hasta la fecha, de Faustino Lobato.

Es el libro de un poeta que ha alcanzado un nivel de escritura, una verdad en el decir, una madurez y un conocimiento, que lo sitúan ya en lugares de privilegio dentro del panorama poético actual.

Luis Miguel Sanmartín.
Librería 80 mundos. Alacant.
22 del 02 del 2020

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