Escribo desordenadamente, persiguiendo el sentido, la conmoción que es siempre la poesía cuando se da, dejándome llevar por un no sé qué que queda en mí después de la lectura de Notas para no esconder la luz, de Faustino Lobato. Quisiera crear algo para él, desde su escritura, desde este viaje interior que va desde el amanecer hacia la noche, luz derramada sobre el mundo en nuestra carne, alto mediodía cegador del poema. Lo haré con libertad, quiero ser libre en las palabras que dedico al libro de este hombre, huir de la razón, que se abracen nuestras voces amigas en lugares del desconcierto.

Una sola jornada en el mundo, desde el alba que rompe la noche hasta la noche, desde la noche del dolor hasta la claridad del canto, desde el fosco silencio rotundo a la luz de la palabra.

Entraña y vuelo frente a la realidad, geografías del alma que se nos desvela gracias a la luz que se desborda desde el mismo estremecimiento de la carne, horizontes del ama, vastedad secreta del sentir.

En el principio Dios creó la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

Notas para no esconder la luz. ¿De qué luz nos habla que no quiere esconder y que nos pertenece? Algo trasciende ahí, desde el dolor de la carne. Hemos perdido a Dios, y sin embargo un pequeño dios niño nos habita dentro cuando abrimos los ojos, se confía y nos habla al oído, nos desvela el sentido de qué viaje, nos muestra la extensión devastada por las tempestades del tiempo.

¿Quiénes somos nosotros? No somos más que una llama temblando en la noche que ilumina, hasta cuando, desde su centro la oscuridad del mundo. Nada nos queda. Nuestra única posesión es la palabra desnuda que nace del barro.

Y se hizo la luz. Y se hizo la luz al calor de las sombras, desde su hueco rotundo de universo y aguas, en el origen de la sal y la piedra desnuda, bajo el grito sin voz de las constelaciones.

Constatación de un único día que anhela ser eternidad, sucesión de las edades desde el origen hacia la muerte, vendaval de las estaciones desde una nada a otra nada. Un hombre tropezando en la roca del misterio, pasos perdidos en una tierra baldía donde solo podemos caminar y ver y constatar la luz del mundo. No más, ni menos. Desde la oscuridad, pues de allí nace, la luz nos guía hacia el sentido del existir, nombra para nosotros al mundo desplegado, pone nombre a los seres y los árboles y las coas, sabe quiénes somos y nos lo canta. Luz más adentro que nos da luz. Luz que así misma se edifica desde la confusión, que anhela construir la casa sosegada, la casa verdadera en el corazón del torbellino.

Porque tropezamos muchas veces y caemos, porque nos levantamos, porque somos balbuceo en el amor, también somos luz y música, que es lo mismo, rodando en las pendientes sin final del silencio. Todo eso he sentido yo al leer el libro de Faustino Lobato. Luz mística también sin duda, pero a ras de tierra, de andar por casa, luz desesperada. Luz que se nos da en el viaje desde el dolor a que nos sana y nos desnuda porque somos seres desvalidos, materia del asombro que alcanza su verdad.

Y batalla también de la luz con las sombras, por amor a la palabra, porque a veces creemos que somos una canción que abraza su sentir y lo contiene. Notas para no esconder la luz, nada sabemos, qué celebra la ignorancia porque nombra un saber más alto, ajenos a los oros y miserias.

Desde la sombra a la sombra, desde la noche a la noche más oscura, porque nos ciega la luz del mediodía.

Al sol del mediodía / camino por los bosques/ y entonces me interroga / mi sombra desde el suelo/ y el resplandor del mundo.

Porque existimos y la luz tiene su origen en el estupor, porque nuestro sueño es capaz de iluminar más el fondo, aquello que escondemos de nosotros mismos y que pertenece a la serenidad del mundo. Desde la sed misma de las preguntas hasta el origen del abrazo, por nombrar el verbo verdadero, la voz que a nadie debe nada y que nos pertenece, la palabra que es claridad y explosión, intima vela que tiembla dentro, y cueva de la luz mostrando lo bello y lo terrible. Siento que me pertenezco que nada está perdido. Por gracia de esta luz gravita el alma. Mi lámpara encendida es conciencia y amor; en mi pecho el sol de la pobreza.

La luz que se nos da es siempre canto y aceptación. Nada sabemos. Somos la oscuridad y la habitamos, conocemos la tristeza de la carne, pero solo cantamos la luz adentro, qué alegría, derramándose sobre la tierra y alcanzando sus cielos. Y ya llega la noche, tan callando.

JOSE INIESTA La Ruzafa- Valencia.  20 de febrero en la Librería Imperio.

Después Pepe Iniesta leyó un poema escrito a partir de versos de esta obra, Notas para no esconder la luz.

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