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Nunca olvidaremos la primera semana de enero de 2025. Me explico: Mi mujer y yo hicimos algo que teníamos pensando desde hacia meses, ir a Madrid. Pensamos que este viaje reportaría muchos beneficios a Rodrigo, nuestro hijo de once años. Sí, pasear Madrid, ir a los museos, a los musicales se presentaba como una experiencia única para un crío, como nuestro hijo, inquieto y preguntón. Dicho y hecho. Al comenzar diciembre nos pusimos a preparar el viaje. De entrada, hicimos un programa, una forma de rentabilizar los días, de aprovechar los pocos días de nuestra estancia en la capital del Reino. Una vez programado los días comencé a comprar, online, los billetes del tren, los tikes de los museos, y a reservar algún que otro restaurante, que luego comentaré.

Quiero contar aquí lo más importante de cada día. Intentaré que algo de las emociones se cuelen en estas letras. Es difícil describir los olores de los espacios, el sabor de algunas comidas, las imágenes de los edificios y la visión que provocaban las luces de las avenidas de esta gran ciudad, como Madrid.


El miércoles día 1,

muy temprano, cuando todavía no había amanecido salimos de casa en dirección a la estación del tren. Toda una experiencia para los tres, para mi hijo más porque era la primera vez que viajaba de esta manera; para mi porque hacía más de cuarenta años que no viajaba en este medio y para mi mujer igual. Recé para que el trayecto no tuviera incidencias. Una de ellas era las averías que solía tener el tren en este trayecto Badajoz-Madrid. No sucedió nada de esto en la ida tampoco en la vuelta.

Cuando llegamos a Madrid, estación de Atocha, tomamos el metro. Después de algún trasbordo llegamos a la parada de Moncloa. Al salir estábamos en la Gran Vía. Impresionante, el bullicio de la gente, los edificios, todo era extraordinario, sobre todo para Rodrigo.


Arrastrando la maleta y con las mochilas acuestas, nos dirigimos al hotel. Unas calles que salían de la Gran Vía nos condujo a él, al Hostal Ballesta. Maravilloso el hotel/hostal especialmente por sus camas. Es lo que más aprecio cuando duermo fuera de casa, en vacaciones. Nos lavamos un poco y salimos a almorzar. No muy lejos encontramos un restaurante libanes y allí que entramos. Se trataba de probar sabores nuevos, apreciar lo que Madrid nos regalaba de las culturas de otros países. En este caso del otro extremo del Mediterráneo.

Nos volvimos al hotel. Había que dormir la siesta. El cansancio estaba haciendo mella.

Descansados, nos pusimos a patear Madrid la nuit. Impresionante, maravillosa la iluminación navideña. Andamos hasta la Puerta del Sol todavía con el olor del cotillón de la Noche Vieja. Desde allí, nos dirigimos hasta la Plaza de la Villa para seguir hasta la Almudena y el Palacio Real. Nos divirtió un clown callejero haciendo reír a los transeúntes. Qué bueno es ser uno mas en la masa y reír, reír. Terminamos en la Plaza de España comiendo churros con chocolate.

El jueves, 2,

desayunamos cerca del hotel, no hubo que ir muy lejos. La Panera Rosa, regentada por unos sudamericanos muy amables. En esta cafetería fuimos a desayunar todos los días. Pienso que es una torpeza andar con el estomago vacío buscando algo mejor. La mañana se presentaba intensa.

Después de arreglarnos en el hotel, lavarnos los dientes, y otros etcéteras, salimos para ir al Museo del Prado. esta vez tomamos el autobús, el 001 que nos dejaba directamente en el Paseo del Prado. Nos asustó la enorme cola de gente que esperaba entrar en el Museo pero esto no nos importaba nosotros teníamos los tiques ya comprados. Nos dirigimos a la puerta de Goya y allí en la mismísima entrada una guía se ofreció mostrarnos lo más importante del Museo haciendo un recorrido didáctico. eso nos dijo, mientras miraba a Rodrigo. Accedimos. Nos presentamos y acordarnos tutearnos. Qué suerte. Se llama Lola, una experta en arte que nos dedicó dos horas y media de recorrido por las salas que elegimos.

Maravillosas explicaciones mientras contemplábamos los cuadros del Tiziano, Rubens y en especial los cuadros de Velázquez. Las Meninas fue el centro. Bajamos a ver la Gioconda del Prado. Genial la explicación de Lola sobre este cuadro, recientemente restaurado. Se trataba de una copia de la original de Leonardo da Vinci. Era de un discípulo de Leonardo que, según Lola, la iba pintando a la par que el maestro.

Con Lola aprendimos mucho, es difícil detallarlo aquí. Tenemos la impresión o mejor dicho, la emoción de haber descubierto mucho más de lo que esperábamos ver. Gracias Lola, te volveremos a buscar en la próxima visita.

Por la tarde, volvimos a pasear por Madrid. Pasamos por Cortylandia sin hacer cola y después seguimos paseando y esta vez, bajando hasta las Cortes en la Carera de San Jerónimo, al Palacio del Congreso. La casa de todos, como dice Gema, mi mujer. Llegamos hasta el paseo del Prado y Cibeles. Para volver tomamos el 001.

Viernes 3.

Después de desayunar nos dirigimos al Templo de Debod (Siglo II a. d. C. ). Este se encuentra donde antes estuvo el Cuartel de la Montaña. La ubicación está en un cerro frente a la Plaza de España. Este templo fue donado por Egipto a España en agradecimiento a la ayuda que el Estado español ofreció para salvar los monumentos de la orilla del Nilo cuando se construyó la presa de Asuán. Magnifico recorrido por un edifico del tiempo de Ptolomeo VI y su mujer Cleopatra II.

Al mediodía teníamos la reserva del Restaurante Master chef. Y por decisión de la patronal, nos fuimos andando desde la zona de la Gran Vía hasta la calle Velázquez. Cuando llegamos nos pareció que aquello era la antesala del cielo gastronómico. Poco nos duró esa sensación. La amabilidad del metre de sala en contraste con el camarero que nos servía nos predispuso a mirar aquello con extrañeza. Pero esto no era lo que nos sorprendió sino la comida fría y sin sabor que nos fueron sirviendo. Una decepción total. La calidad no correspondía con el alto precio del menú. Una estafa en toda regla. Lo escribí en el post de la empresa. Quise hacer constar que un restaurante, como este, no puede descuidar a los clientes de la manera que lo había hecho con nosotros.

Por la tarde asistimos al Kilometro cero de Movistar. Un conjunto de ocio que durante las Navidades se desarrolla en el edificio de Telefónica, de Movistar, en el centro de la Gran Vía. Rodrigo se divirtió hasta el extremo. Y lo más sorprendente para él fue la video conferencia con el rey mago Melchor. En este punto mi hijo me quedó atónito. Días antes del viaje me había confesado que los reyes Magos son los padres y ahora, de forma inexplicable, se quedaba perplejo ante una gran pantalla dialogando con el presunto Rey Mago.

Sábado 4.

Nos fuimos al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Me faltan adjetivos para describir este museo. Impresionante. Rodrigo y Gema disfrutaron mucho más que yo. Después de dos horas y media, salimos de este lugar maravilloso y nos fuimos a almorzar con Manuel Ronces y Julio Sánchez Martín , amigos nuestros. Fue un almuerzo, agradable, distendido. No veíamos a estos amigos desde el verano anterior, en Cantabria. El Restaurante, El Patio de Abascal, cerca de Nuevos Ministerios y del Museo era un lugar coqueto y recogido. La sobremesa tuvo la sorpresa de bailes sudamericanos. Aquí mi mujer se arrancó a bailar salsa. Después, Julio y Manuel nos llevaron en coche hasta la Gran Vía. Nos dejaron muy cerca del hostal (Calle Ballesta).

Después de una siesta generosa, nos arreglamos de tiros largos para ir al musical de El Rey León.

Nos despedimos de Madrid con este gran musical.

A la mañana siguiente, el domingo día 5, nos levantamos temprano, hicimos la maleta y nos fuimos a desayunar. Comenzamos a despedirnos de estos rincones que durante cinco días habíamos sentido como propios. Tomamos el autobús 001 y bajamos a la estación de Atocha.

Aquí nos esperaba Juanma, un amigo que hacía unos años que no veíamos. Un almuerzo con él, en un restaurante de la calle Delicias, La nueva Tabernita, regentada por un dominicano. Magnifica restauración, mejor que en Master Chef. Las empanadillas de Santo Domingo saben a Caribe.

Después de recoger la maleta en la consigna, tomamos el tren. El viaje de vuelta se nos hizo más corto a pesar que de hacer las mismas cuatro horas y media de viaje.

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