El presidente de la Asociación Norbanova Cáceres, Jesús M. Gómez, me invitó a participar en el numero 9 de la Revista de Literatura y Creación, Norbania. En este número se mantenía la temática de la anterior sobre la ciudad. Envié este poema que se divide en ocho tramos.
Al ir creando el poema descubrí que podía mezclar en sus versos títulos de obras que, en estos años anteriores, habían surgido a la sombra de esta ciudad que me habita, Badajoz. Esta es la realidad, en esta ciudad nazco cada día en UN CONCIERTO DE SONIDOS DIMINUTOS, en lo cotidiano. Es en ella donde irremediable la contemplo desde EN EL ÁNGULO INCIERTO DEL ESPACIO, desde esa perspectiva interna que sólo sabe de amor e indefensión. Aquí, en esta ciudad de provincias, donde aparentemente no ocurre nada, las mañanas y las horas me hablan de REHACER EL ALBA, de acoger las MEMORIAS DE UN NAUFRAGIO en medio de las ausencias. Sí, en esta ciudad traduzco ese VERTIGO DE NO SABER; obedeciendo al impulso de unas NOTAS PARA NO ESCONDER LA LUZ. Imaginar otra ciudad no me gusta porque admiro lo imperfecto, LA VIDA EN UN INSTANTE, y es desde aquí desde donde abrazo LA SORPRESA DE LO HUMANO. Sí, desde esta ciudad ofrezco de pie, en actitud orante y SIN RAZÓN PREVIA, este olor de frontera que me envuelve.
Este poema no pretende hablar solo de mi ciudad sino de todo lo que vivo en ella por eso pronuncio su nombre sin pronunciarlo, porque es mi propia vida ; y desde el hecho mismo de la memoria, que nos enraíza a los lugares que vivimos, contemplo su historia; y siento su herida, que es la mía; y admiro su existir en y desde mi propia existencia; y sueño con su luz, esa que va más allá de lo físico; y ardo en sus secretos, esos que se desvelan en el lenguaje sencillo de lo vivo. Sí, beso su esencia y abrazo mi ciudad, esta que sufro y me habita. Una ciudad en la que vivo desde hace cincuenta y cinco años.
Badajoz, es mi ciudad aunque en el Documento Nacional de Identidad diga que nací a 60 kilómetros, en Almendralejo. Una ciudad a la que quiero y admiro, donde no eché raíces pero sí las preparé en el seno de mi familia. Porque uno no es de donde nace sino de donde pace. Esto dice el refrán apuntalando el sentido de pertenencia al lugar donde se ha construido lo más vital de la persona, su existencia en relación con los otros.


I
Esta ciudad que me habita
se rompe en dos en el fluir del río
que arrastra la bondad de los días,
atardeceres,
hasta morir en el eco de la luz,
que sangra horizonte.
Pronuncio su nombre.
Juega y deletrea las sílabas del agua
abrazada por el río, juega esta ciudad
entre promesas y suspiros. Traiciones y risas,
ansiosas de descanso, se vuelcan en la corriente.
Mis ojos se acostumbran a este secreto diálogo
de la ciudad sobre el río.
El aire de sus murallas,
de vientre arrugado y almohade,
se hunde, inocente, en el misterio,
en la memoria ácida de sus piedras
hasta herir el alma de mis palabras
que, sin adjetivos, la señalan.


II
Desnuda de equilibrio se vuelve
sueño de gente, caricia de sol,
filigrana sucia en las avenidas,
color de azulejos rotos en los balcones.
La miro en la espina dorsal de su historia,
que llora días pintados de negocios.
Contemplo su historia
Encuentro en mi memoria
la memoria de mi ciudad.
Los secretos íntimos, la inocencia perdida,
el egoísmo y el desamor, los rostros queridos.
Mi ciudad, esta que me llena de esperanzas,
donde me siento palpitar
y aprieto el silencio de saberme.
Nazco cada día en un concierto
de sonidos diminutos,
en esta ciudad sin prisas,
en la testaruda voluntad de las horas
que cierran el infierno.
Hay días que las avenidas parecen tener
aire de abandono,
como después de una gran batalla.

III
Por sus calles baja la sangre de la cal
pegada a la piedra de sus muros;
abrazada a la luz escondida de sus casas
que revienta en mi alma
y deshace desesperos, pálida soledad
de tardes y mañanas.
Siento su herida
Deambulo por las avenidas, contemplo la ciudad
desde el ángulo incierto del espacio.
Siempre hay un punto en el horizonte
que no ves, una emoción que no controlas.
No me gusta encontrar lugares sordos, sin alma,
envueltos en el gris del abandono.
Hablan las mañanas y las horas
mientras rehago el alba
en esta ciudad de mis ausencias,
donde viví a la deriva
y sentí el destierro de mí mismo.
En este lugar, en sus calles,
fabriqué rumbos a precio de saldo.

IV
Alberga esta ciudad
fatuas quimeras en sus rincones,
paridas en el agujero blando
de la noche.
Me duele esta ciudad en el amargo tropel
de promesas vacías, de atrevidos consejos,
un parloteo que hiere.
Admiro su existir
Traduzco este vértigo de no saber,
de respirar un poema,
en esta mesa desnuda
de la ciudad,
donde me asaltan las ganas de vivir,
la locura, la confusión, el desconcierto
y la utopía.


V
Preñada de frías soledades besa el aire
en el torpe bullicio del paisaje.
Olvida las miserias y al filo de la luz
ata notas de amor y rabia.
Así la siento, desde el ombligo del deseo,
en este parapeto gris donde ella se vuelve
mezcla de dioses y carne.
Sueño con su luz
Obedece la ciudad al impulso
de unas notas que no esconden la luz,
esa luz que salva el color de las cosas
dejándolas existir con adjetivos.
Me desborda este idioma de claridad
que expresa el ritmo de las palabras.


VI
Abre sus manos, las extiende
hasta el Alentejo, que rojo,
aletea en la raya,
y con él, guarda celosa
la inquietud de los siglos,
en el quiebro de la lengua
con suave obrigado.
Ardo en sus secretos
Delibera la razón mis emociones,
el verbo fácil que se ajusta
a las frases, cuando expreso
sentimientos ante esta ciudad
que me desborda.
No hay nada que hacer
cuando contemplo el rojo de poniente.


VII
Imagino otra ciudad y me asaltan
los miedos; nada es mejor
que la realidad, aunque esta duela.
Otro lugar, lleno de perfecciones,
me cansa; admiro lo imperfecto,
la vida en un instante de este lugar lleno
de quiebros, de luz y deseos.
Beso su esencia
Abrazo la sorpresa de lo humano,
la belleza de lo inacabado,
de esta ciudad donde mi hijo crece.
Sí, lo inacabado que marca el grito
de la existencia, el color apuntado
de aquello que se tolera.


VIII
Zozobra el vértigo de mi voz,
en este existir de anhelos
que me despoja y me aferra
a las frágiles huellas de los espacios
de esta ciudad que habito,
toda ella luz, vida, en el tránsito
del tiempo.
Abrazo mi ciudad
Y en el alfabeto del tiempo, busco
la rendida palabra, el poema
que cierre esta visión minúscula
de la ciudad, donde vivo y muero.
Y en la búsqueda calmo
este instinto animal que transita los espacios,
como si no hubiera centro donde respirar.
En medio de las mañanas
ofrezco de pie, sin razón previa,
este olor de frontera que tiene mi ciudad,
el viento horizontal del asfalto
que se eleva, trepando por los muros
de mi alma.
Puesto de pie, dejo que la vida se imponga.

