En el primer número de este proyecto editorial Abismos del Suroeste, con prólogo de Santiago Méndez– editor-, nos llega -desde la otra orilla del mediterráneo- un texto en prosa: H o manos encontradas por azar en 1995, de Hicham Benchrif, un francófono por convicción, un nietzscheano en ejercicio.

          El singular título puede llevar a confusión si simplemente nos dejamos ir por la cripticidad de su expresión: Una H. que parece ser el nombre de una mujer seguido de una disyunción donde el azar aparece como el hecho rotundo del encuentro con unas manos. Las manos, con todo el simbolismo que éstas tienen en el mundo literario. El título nos pone en el umbral de lo diferente, de un escrito que merece la pena. Basta adentrarse en las primeras líneas de este relato y comprobar la riqueza de Benchrif, esa mezcla extraordinaria de oriente y occidente que la otra ribera del Mare Nostrum tiene.

          El prologuista nos advierte de la forma de escribir de nuestro autor, un narrador cartesiano al más puro estilo. Adentrarse en el texto es entrar en una corriente de sensaciones, como una tormenta veraniega que envuelve la imposibilidad de amor entre dos personas que se aman. Parece una paradoja, pero no lo es. Nuestro autor, con maestría emocional, describe ese estar a caballo entre el egoísmo y el amor e incluso entre el nihilismo y el Eros. Este Eros es el platónico, el deseo que empuja a buscar lo Bello, lo Bueno en un mundo ideal.

          1995 es una fecha clave donde el paisaje de miradas y pasiones patógenas, de amor y odio, se dan al unísono provocando- a veces- situaciones extrañas y cínicas. El escenario puede parecer como el de  un depredador capaz de evocar, en medio del olvido, un nombre. La pregunta es sobre cómo pronunciarlo sin hacer daño.

En esta fecha todo quedó inmóvil, la imagen de lo ocurrido se congeló dando paso a una amarga soledad que marcó la distancia entre los próximos. El otro, el próximo, viene a ser un pretexto para no hablar de nuestras frustraciones. Hicham, siguiendo esa perspectiva de la psicología francfurtciana de Erick Fromm, dirá que somos eternos lactantes, en definitiva, eternos frustrados.

          Escribir, narrar lo que sucede en este mágico mundo de quien vive una pasión amorosa, es como enterrar el pasado. En realidad, cuando se verbaliza escribiendo lo sufrido se provoca una especie de sanación. Escribir un relato de lo vivenciado, diferente a lo vivido, viene a ser como sepultar lo que se pudre para desde aquí renacer a una situación mejor.

          Nuestro autor describe una situación en diferentes niveles, a modo de mil lenguas que hablan de lo más profundo, de uno mismo, de esa insatisfacción existencial que no es ajena a muchos. Su mirada, la mirada pudenda hacia el entorno es como un bisturí capaz de separar la realidad de las emociones ideales. Porque somos especialmente púdicos al mirar e impúdicos al pensar. Sí, este relato nos lleva a pensar que idealizamos un paraíso y al mismo tiempo lo deshacemos en el más atroz de los infiernos. Maravillosa narración la de nuestro autor cuando nos describe la mirada desde el terror, desde la extrañeza que nos une a la eternidad de la paradoja.

          Merece la pena este viaje al que Hicham nos invita. Una aventura que encamina a la extrañeza y al silencio. El ruido para él es confusión y perplejidad. Porque es así como hay que mirar esa figura frágil de la mujer, o la deformidad de barro del hombre.

          Os invito a leer este escrito que parece ser el capítulo de una obra más amplia. No os importe dejaros seducir por este aparente vacío existencial que el autor va diseñando porque es el camino justo que nos lleva a la humanidad más profunda, al silencio.

[ Nº 1 Abismos del suroeste
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]

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