Al décimo día desvelamos
el rostro, tantas horas cubierto.
Todo está de par en par.
Bajo un cielo de ramas,
la risa y la palabra
encuentran su curso.

La carne, huérfana de caricias,
se aferra al regalo de la vida,
al deseo gratuito
de estar muy cerca
y tocarnos.  

Rodrigo me abraza
y lo mejor de mi, amanece.
Su sonrisa me  limpia de mentiras
la memoria de todas mis mañanas.
Mil y un abrazo se vierten en cascadas,
pegando su rostro al mío.

Un delicioso olor,
a mandarina y a cacao,
nos invade.

Atrás, el doloroso  contar los metros
y la fría soledad del salón.
Huye la incertidumbre
despejando la casa.
Hoy,
estrenamos risas y abrazos.

Un canto de victoria
se enreda en los muebles
y  salta, luminoso,
por todos los rincones.   

Mi hijo me aprieta el cuello
con la fuerza de un viento huracanado.
Su impetuosa caricia me despierta 
ese atrevido sentimiento
de contar nubes.

Un rastro de esperanza
brilla en sus ojos.
Entre besos, me pregunta,
si dos mascarillas
han valido mil abrazos. 

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