Hoy me han dicho
que la casa de mis padres
servirá para el derribo.

La casa de mis padres
todavía huele
a pan y a sonrisa,
a contenido llanto
a esperanza, a miradas y a silencios.

            ¿Quién sofocará este olor?

La casa de mis padres
está cerrada
pero no vacía
de amores vividos,
de abrazos
y sencillas palabras.

            ¿Cómo  apagar tanto fuego?

La casa de mis padres tiene
la sombra de la pérdida
y la alegría del encuentro;
la sentencia del estorbo,
el peso del desahucio
los días contados para el derribo.

            ¿Quién levantará la pala del arrastre?

La casa de mis padres
desde donde miraba
las lluvias del otoño
y sentía el vértigo
de la gente, el indiscreto
hablar de transeúntes.

            ¿Cómo acallar el recuerdo?

La casa de mis padres,
el espacio
donde escribí Las siete vidas del gato,
y soñé inciertos futuros.
Refugio donde salvarse
de males y torpezas.

¿Quién borrará la huella del verso?

La casa de mis padres
ahora es un poema
unos versos que amortiguan
esta tensión de saberme
morir y viviendo, a un tiempo.
La casa de mis padres.

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