La oscuridad delimita las formas,
marca la frontera del vacío, y muestra la esencia
del color.
Nada estorba la calma de las sombras
que toleran la lujuria de la noche.

Estas vocales del agua que deslizan
el canto de otras orillas.
Este ruido de olas,
este mar, que abraza
el color de la tarde.
Esta brisa
que trae tu nombre.

La tarde nos convoca a mirar dentro,
ahí, donde las palabras suspenden
su discurso.
Ahí, donde el silencio abraza
los ruidos
y los convierte en sonidos.
Silencio que penetra
hasta las vísceras más profundas
y conmueve este territorio
donde me encuentro.

¿Dónde esconder la luz dejando
que las sombras se diluyan en la arena?
¿Dónde llevar el bramido de las olas
y abrazar el verbo del agua?
¿Dónde poner la palabra
que recrea los límites del espacio?
¿Dónde…?
¿En el recuerdo de este instante?
¿En lo más profundo del ser?
¿En la creación de un torpe poema?
¿Dónde…?
En ningún lugar.
Nada ni nadie es capaz de atrapar
tanta belleza
sin ser destruido,
sin volver al vacío.
Somos una coma al respirar;
un punto y seguido para describir;
un punto y aparte para guardar silencio
y seguir contemplando
sin absurdos adjetivos.



