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Siempre recordaré el día 18 de octubre de 2024 como una jornada muy especial para mí.

1.Participar como parte del jurado de poesía

Hace mas de cuatro años que formo parte de la Comisión Lectora de los Premios de Poesía Ciudad de Badajoz. un grupo de trabajo maravilloso a quien agradezco su complicidad en el buen hacer de seleccionar las obras finalistas: Sandra, Antonio y Jose Luis. Sin embargo, este año, por primera vez he participado en el jurado de los Premios. Un honor que agradezco a la Concejalía de Cultura de Badajoz por confiar en mi para este trabajo donde la poesía es la protagonista.

Ser parte de este jurado me permitía convivir con autores muy queridos y admirados: Jon Juaristi, Julia Barella, Raquel Lanseros y José Antonio Ramírez Lozano. Al conocer este encargo quise saber un poco de cada uno de ellos y me propuse leer algunas de sus obras: De Jon, Derrotero, Poesía 1969-2022; de Julia, Praderas de Posidonia; de Raquel su ultimo libro, El sol y las otras estrellas y de José Antonio, Motivos de sospecha. (Premio Gil-Albert Ciutat de Valencia). Esto era una manera de saber algo de lo más esencial de ellos.

En la reunión de deliberación, de este 18 de octubre, aprendí que los grandes autores son cercanos, asertivos y muy claros en sus decisiones. Mientras debatimos sobre las 25 obras finalistas, viví con cada uno ellos la solemnidad de lo sencillo. De esos momentos, resalto la magnifica actuación del secretario del jurado; Juanma Cardoso. Este, además de ser un buen y desconocido escritor, es un gran gestor y mejor persona.

Un honor el haber sido parte de este jurado al que, por otro lado, doy las gracias por haber querido que fuera portavoz de la decisión final anunciado la obra ganadora ¿Qué harías si yo muriera? que resultó ser -después de abrir la plica- de Miguel Ángel González.

2.La obra ganadora

El libro lo conforman diez largos poemas de gran densidad existencial.  Versos resueltos con gran ingenio literario para hablarnos sobre la muerte: la de su hijo, la de los demás, la suya. Emociona leer como el yo lírico se enfrenta con una realidad, como es la de la muerte, omnipresente entre los seres humanos. De ella evitamos hablar porque el solo hecho de admitirla relativiza los absolutos, creados por los egos de nuestro mundo.

La obra se inicia con un inter texto de RAYMOND CARVER Lo que dijo el médico

«Dijo que la cosa no tenía buen aspecto dijo que había contado treinta y dos en un pulmón y dijo lo siento mucho dijo me hubiera gustado tener otras noticias que darle y añadió algo que no entendí y no sabiendo qué más hacer me puse de pie de y le tendí la mano al hombre que acababa de decirme lo que nunca nadie me había dicho puede que incluso le haya dado las gracias por costumbre

Coloco unos versos del poema PECES SIN ALMA

Franz Kafka escribió tres novelas,
pero no terminó ninguna de ellas.
Kafka escribía, pero no quería ser escritor.
Quizá le agotaba la idea de serlo,
o le atemorizaban las consecuencias,
o sencillamente le aburría escribir.
El caso es que, antes de morir, Kafka le pidió a su mejor amigo
que quemara todos sus escritos, que se deshiciera de ellos
y que no permitiera a nadie leerlos.
Su amigo le aseguró que lo haría, pero no cumplió su palabra.
Tal vez pensó que si tantas ganas tenía de mandar a la hoguera sus textos,
bien podía haberlos quemado él mismo.

No es una mala reflexión.
La primera vez que le dije Te quiero a una chica
no tenía muy claro lo que realmente significaba.
Lo había escuchado en televisión,
en esas películas en las que el héroe se marcha a combatir a la guerra
o en las que llega a casa y su enemigo ha disparado a su mujer
y esta yace en el suelo sobre un charco de sangre,
entonces él se arrodilla junto a ella
y la abraza y la besa y repite que la quiere
una y otra vez hasta que ella muere.

Esa era la idea que yo tenía del amor.

El caso es que una tarde Julia y yo íbamos de la mano por la calle
y le dije que la quería
y ella me dijo que eso era una tontería,
que quererse era una cosa seria
y que era una bobada decir Te quiero
mientras paseábamos y comíamos patatas fritas con sabor a jamón
y bebíamos Coca-Cola.

Y yo le dije que estaba en lo cierto.
Y lo cierto es que estaba en lo cierto.

Julia y yo estuvimos juntos durante todo un verano.
Algo menos de cien días en los que paseábamos de la mano
hasta que nos sudaban los dedos
y nos besábamos agarrados por la cintura
y tomábamos refrescos con azúcar y patatas onduladas.

Luego llegaron las lluvias y se nos terminó el calor.

Murió atropellada seis o siete años después de nuestra relación.
Me lo contó un amigo común
al que me encontré a la salida del cine.
Me llamó su madre para contármelo, me dijo.
¿Y por qué no me llamó a mí?,
le pregunté.
Podía haber dicho cualquier otra cosa,
que lo sentía o que era una lástima o que me acordaba muchas veces de ella.
Cualquier cosa, aunque no fuese cierta,
pero fue justo eso lo que dije,
le mostré mi sorpresa por no haber sido el receptor de la llamada.
Quizá no tenía tu número, respondió.
Quizá,
dije yo.

Julia murió atropellada por un coche
mientras intentaba llegar a la parada del autobús.
Corrió porque el autocar ya estaba allí, con las puertas abiertas,
y ella pensó que tendría tiempo.

No quería perder el autobús y acabó perdiendo la vida.

Aquella noche,
la noche de la tarde en que me enteré de su muerte,
soñé con ella.
Imaginé que estaba a su lado en el momento del accidente
y que me arrodillaba junto a su cuerpo,
tendido en el asfalto sobre un charco de sangre,
y agarraba sus hombros
y colocaba con delicadeza su cabeza en mi regazo
y la besaba una y otra vez mientras le susurraba:
Te quiero.
Entonces ella me miraba;
me miraba con sus ojos sin vida,
a punto de cerrarlos para siempre,
y no decía nada.
No lo hacía porque no era necesario pronunciar ni una sola palabra
para que ambos supiéramos que aquello sí era amor.
Me miraba y después cerraba los ojos
y yo sabía que después de aquello su alma descansaría en paz para siempre.

Eso fue lo que soñé,
pero lo cierto es que su madre ni siquiera me llamó
para decirme que su hija había muerto atropellada
por correr hacia una parada de autobús
para no llegar tarde al trabajo.

Aunque mucha gente no lo sabe,
los instrumentos de cuerda pulsada también tienen alma.
Suele ser una espiga de madera situada a presión
entre la tapa y el fondo
que realiza una doble función:
por un lado sirve para soportar la presión
que se ejerce sobre él al tocar notas agudas,
logrando que mantenga su forma intacta sin deformaciones;
y, por otro, transfiere las vibraciones de la tapa al fondo,
consiguiendo ese sonido tan característico.

Se le llama alma a esa pequeña pieza de madera incrustada porque,
de no tenerla, el instrumento emitiría una melodía sorda.
Hueca.
Muerta.

Yo de esto no tenía la menor idea,
pero lo descubrí anoche viendo un documental
sobre la vida del músico italiano Niccolò Paganini.

Mi amigo Pablo creía que los perros tenían alma.

Era mi único amigo, se llamaba Pablo
pero todo el mundo le llamaba Pablito.
Su padre era carpintero y algunas veces Pablito
llegaba a clase con virutas de madera pegadas al jersey o a la mochila.
Tenía dos perros y pensaba que ambos poseían alma.
Lo creía con esa fe incondicional
que los argentinos le profesan a Maradona, a Borges o a Cortázar.
Así que cuando uno de ellos murió
me pidió que le ayudara a enterrarlo.
Era sábado y hacía un calor sofocante.
Fuimos hasta la casa de sus abuelos,
situada como a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia,
para que su padre pudiera cavar una tumba en el jardín trasero.
Era una vivienda de una sola planta con la fachada de ladrillo.
A su padre le llevó un buen rato hacer un agujero
lo suficientemente profundo porque el suelo estaba seco y duro
y el animal era un pastor belga de veintitrés kilos.
El padre de Pablo también se llamaba Pablo,
pero nadie le llamaba Pablito.
Comenzó a clavar la pala con mucho ímpetu
pero con el paso de los minutos fue perdiendo energía y dedicación.
Primero se quitó la camiseta, dejando su torso al descubierto,
y luego se detuvo varias veces para contemplar al perro,
que estaba junto a él, envuelto en una sábana blanca.
Dejaba de cavar y le miraba,
como si no tuviera muy claro que el esfuerzo invertido tuviese un significado lógico.

Cubrir de tierra el agujero fue mucho más sencillo.
Pablo nos dejó a Pablito y a mí ayudarle.
Al principio nos reímos porque la arena levantaba una gran polvareda
que nos hacía toser y teñía nuestras manos y nuestra ropa de un tono rojizo.
Pero luego salió la abuela y nos preguntó si ya habíamos terminado
y, cuando Pablo le dijo que sí, se puso a rezar una oración.
Lo hizo muy seria. Compungida.
Mirando hacia el montículo
bajo el que se encontraban sepultados los restos del animal.
Y en ese momento Pablito recordó a su mascota
y tuvo que pensar que realmente tenía alma,
porque de no ser así su abuela no habría rezado una oración en su honor,
así que se puso a llorar
y yo también lo hice al verle,
aunque no tuviese demasiado claro
que eso del alma de los animales fuera cierto.

Cuando todo hubo terminado merendamos rosquillas caseras de canela.
Las había hecho su abuelo siguiendo una receta ancestral
que, anteriormente, habían seguido su padre y el padre de este…
y así generación tras generación.
Estaban deliciosas, pero Pablito y yo teníamos un nudo en la garganta
que nos impedía tragar, así que apenas probamos bocado.

Mi hija nos pidió un perro para su cumpleaños,
pero no le hicimos demasiado caso.

Hace siete meses mi hija cumplió cinco años
y su madre y yo le regalamos un pez.
Era naranja y estúpido.
Al principio no le hizo mucho caso
porque ella lo que realmente esperaba era un perro,
pero luego nos dijo que le quería
y se pasaba las horas muertas sentada frente a la pecera
viéndole nadar de un sitio a otro.
Le puso un nombre que copió de una serie de dibujos animados
y le llamaba constantemente acercando sus labios al agua,
confiando en que el pez naranja y estúpido pudiera escucharla.

Murió dieciocho días después de forma trágica
al encajar sus branquias en una de las hojas de plástico
que servían para adornar la pecera.
No le enterramos.

Lo arrojé por el inodoro mientras mi hija dormía.
Cuando se despertó preguntó por él.
Su madre le dijo que se había ido al cielo de los peces
y ella se pasó toda la mañana llorando,
negándose a desayunar.

Por la noche, antes de ir a dormir,
me preguntó si los peces tenían alma.
No te preocupes, cariño. Ha sido un pez feliz, muy feliz, le dije.
Lo hice como si él mismo me lo hubiera confesado antes de morir.

Eso fue lo que le dije aquel día,
pero si me lo hubiera preguntado ahora,
después de haber visto el documental
sobre la vida del músico italiano Niccolò Paganini
le habría dicho que no, que los peces no tienen alma,
pero los violines sí.

3. El autor

Miguel Ángel González nació en el barrio de Carabanchel un mes de mayo de 1982.

Desde que publicó su primer relato en el año 2003 no ha dejado de escribir. Aunque él dice que desde entonces intenta sobrevivir ejerciendo como cuentista.

Cultiva casi todos los géneros como la prosa, el verso y la dramaturgia cosechando , según dice, más de doscientos premios ( en 21 años una media de nueve premios). Fuera de España ha sido galardonado en Sudamérica: Puerto Rico, Venezuela, Guatemala, Perú. Logros que según Miguel A., «les han servido para agrandar su ego y disminuir sus deudas«.

Ha publicado:
Todos los miedos (2016) en Siruela (Premio de la 65ª edición del Premio Café Gijón) ;
Cariño (2018) en Alianza Editorial ( una de las 10 mejores novelas del año según la Revista Forbes);
Un nublado de tiniebla y pedernal (2021) ( premio de narrativa Ciudad de Alcalá);
Dios no está con nosotros porque odia a los idiotas en la editorial Menoscuarto.
Prolepsis en la editorial Alrevés (ganador en el 2020 del XXV Premio de Novela Ciudad de Badajoz)
Perder el equilibrio en Grijalbo (Penguin Randon House);

Como dramaturgo ha escrito
Aguantar la respiración, premio Fray Luis de León ( 2017;)
Modo avión, Premio Max Aub (2019):
Y que nunca he llorado, premio Born (2023)
Sus obras teatrales e han representados en diferentes salas de España, Argentina, México y Estados Unidos.

Hay que decir que alguna, de más del 50 por ciento de las obras finalistas, podía haber sido la ganadora por su calidad literaria. Se impuso por mayoría la obra de Miguel Ángel González al que, desde este espacio, felicito.

Déjanos un comentario 4 Comments

  • Clara Martín dice:

    Lamento decirlo, pero realmente no encuentro poesía alguna en ese fragmento que transcribes del poemario ganador. Me parece absolutamente prosaico y plano. Carece de ritmo y de un mínimo hálito poético. Podría ser un relato, pero está muy lejos de ser un poema.

    • Querida Clara, gracias por tu opinión. Te comento, si me lo permites, por supuesto desde el respeto a tu opinión. Este es un poema en prosa. Una forma de escribir, que como tú bien sabes, nace en Francia. Es parte de ese esfuerzo que, después del Romanticismo, se da en la lírica intentando destruir los marcos tradicionales de la poesía abriendo nuevos cauces de expresión: anulación de las reglas “clásicas” de la métrica y de la rima. Destrucción, por así decirlo, de todo lo que hasta el momento se había venido haciendo.
      Hay una clara diferencia entre poema en prosa y prosa poética. Esta es un segundo tipo de obras líricas. En ella se pueden encontrar los mismos elementos que en el poema: hablante lírico, actitud lírica, objeto y tema, pero sin los elementos formales (métrica, rima) que caracterizan el verso. En la prosa poética es importante ver que el texto no está saturado de adjetivos. El verbo ocupa el centro de los sintagmas. Tiene su punto de naturalidad al escribir usando todos los sentidos, incluso identifica al hablante. Y lo mejor de todo es que utiliza su propia metáfora.
      Repito el libro de poemas ganador está escrito con poemas en prosa y ahí tienes el ejemplo. Probablemente no guste porque emocionalmente estamos esperando, cuando hablamos de poesía, de un poema rimado, con versos blancos o verso libre y nos choca ver este rompimiento de las formas cuando se trata de poemas en prosa. Esta son las nuevas tendencias.
      Si te soy sincero me gusta más los poemas de verso blanco que mantengan un cierto lirismo y musicalidad. Pero este es mi estilo, con el que me identifico lo cual no quiere decir que no aprecie también estas nuevas e interesantes formas de la poesía.
      Reitero, gracias por entrar en mi blog y comentar. Un abrazo grande.

      • Rodolfo dice:

        Que buen floro, tío!
        Pero para mí eso tampoco es poesía…y eso de «nuevas tendencias? serán nuevas tendencias que matan la poesía…qué le pasa…

  • Clara Martín dice:

    Gracias por tu respuesta, Faustino, te honra. De acuerdo con todas tus consideraciones. Conozco y comparto las nuevas formas, las nuevas tendencias, pero yo solo le pido una cosa a la poesía, serlo.

    Un abrazo.

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