Hace ya tres años de esta historia. Rodrigo estaba en el último de año de la etapa escolar de Infantil.

Mientras escribía unos versos sobre el tiempo, Rodrigo se acercó.  

Subido a mis rodillas, me dijo con voz de secretos. Sabes, papi en el patio del recreo he conseguido coger una mariquita. Ante mi cara de extrañeza, él me describió qué era una mariquita. Como vio que sabíamos de qué estábamos hablando, me siguió diciendo que el bicho lo había mantenido mucho tiempo en su dedo. Cuando le pregunté cuánto, me espetó, con cara de “un más o menos”, que mil minutosUna cantidad grande, respondí.

Como si con él no fuera, siguió su discurso rematando que la mariquita se había ido por un agujero en la pared. Con pena me hizo entender que, por mucho que miró y escaló el murete del patio, no pudo ver por donde había desaparecido el insecto. 

Así es hijo, -le comenté-cuando quieres apropiarte de algo la vida te muestra que no todo es tuyo. La mariquita se fue a su mundo, a su espacio. Me miró, no muy convencido y con cara de no entender nada, y siguió jugando.

[Cosas de Rodrigo. 2019]

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