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Texto integro de la presentación de Luis Miguel Sanmartin en la librería 80Mundos de Alicante. Una reseña magnífica que agradezco porque entra en las tripas del contenido, den las claves esenciales del texto.

«EN EL ALFABETO DEL TIEMPO es el último, hasta la fecha, retoño literario del poeta pacense Faustino Lobato, editado por el sello valenciano Olé Libros. 

En él, enmarcado su discurso bajo la apariencia de ensayo temporal, donde  el enfrentamiento entre el Cronos (tiempo cronológico) y el Kayrós (el momento en que algo importante sucede) toman claro protagonismo, nos encontramos con dos temas fundamentales en la vida y en la poética de su autor: la propia poesía, con lo cual el texto se convierte así en ensayo metapoético, y, lo que me resulta aún más interesante, pues los mensajes se hallan entreverados en el dolor, la necesidad del amor. Por lo tanto, estamos ante un libro que nos habla de poesía y de amor, en un contexto de dolor existencial.

Estructuralmente, el texto se divide en cinco partes; cuatro movimientos que aluden a las estaciones del año y una coda resuelta en varios poemas que desembocan en el punto álgido de un Testamento Vital brillante y emocionante.

Transversalmente, delineando así un eje de coordenadas espacio-temporal, el autor dispone una serie de versos solitarios (pequeños universos) para introducir cada poema, que leídos en su conjunto constituyen un poema en sí, que facilita la comprensión del contenido.

Dicho esto, vayamos con el relato de lo sentido al caminar despaciosamente la senda, antes ignota, de este libro de poemas hondo, rebelde y revelador:

El invierno de febrero zarandea al hombre, lo levanta del suelo. El golpe es duro, muy duro, certera la incerteza, la caída. ¿Por qué? 

Acaba de sufrir un accidente, un atropello que casi le cuesta la vida. Ha ocurrido; el instante en que todo se vuelve del revés. ¿Y qué es el tiempo en ese instante, en el momento impreciso?

¿Qué nos puede decir de todo esto la poesía? ¿Qué acudirá a la página cuando el poeta vuelva a caminar?

El tiempo: una ficción que no impide la oportunidad de vivir.

La claridad, el rumor de las aguas, el orden, un alfabeto…

La emoción de los buenos momentos, la verdad (desasida de máscaras), la calma…

El arrullo de la brisa, el ronroneo de la felicidad bajo el dolor de las horas…

El poeta cuenta y canta, procura parar el tiempo sin conseguirlo, y, entonces, calla.

Todo huye, y, en esa huida, un libro va tomando forma: la poesía es redención.

En el poema no existe el tiempo. Sobreviven, resisten los mensajes, los sonidos. Ante el desánimo y la falacia, incomprensiblemente atrapadas en una fantasía, descreídas incluso, entre sombras, resuenan las palabras.

Pues el tiempo es incapaz de matar la vida, la vida que se canta en los poemas, y es ahí, en el níveo rectángulo, en ese espacio solitario del folio, entre unos signos arbitrarios, donde le damos sentido a todo y a la nada. No nos doblega el tiempo, porque, sencillamente, estamos vivos.

El hombre cuenta; el poeta canta; la falsedad es del tiempo. Y, al borde del sigilo, nos aguarda la realidad.

Así lo resume Lobato en unos sentidos versos:

“Entre mis afanes se revela

la mentira del tiempo.

Y surge la piel del poema”

Pasan las horas, fluyen las horas, entre preguntas sin respuesta, lentamente. Junto al Guadiana, un poeta de Badajoz manifiesta que nada permanece. La poesía resiste.

Y más, cuando se trata de poemas bien construidos, de cadencioso ritmo, de palabra precisa, de hondura reflexiva. 

Cuando se analiza la vida con tanta honestidad, cuando se piensa en el ser con tanta verdad, la lírica se hace Razón, conocimiento, lógica ardiente, luz…

Mientras el hombre cuenta los días, el poeta sueña la poesía en su obligado reposo. Tiempo sin voz; tiempo de esperanza.

Al silencio del invierno le sucede el vértigo de la primavera. Es hora de balbucir sonidos, de enredarse en las sílabas, de florecer, de renacer…

Horas de dudas y misterio; en el instante, en ese instante, repleto todavía, de titubeos, de recuerdos, de angustia, de preguntas…

La poesía es también resurrección y pálpito.

Duda el poeta, y todo se vuelve más cercano.

Inspiración; revelación y rebeldía. ¿Quién será, entonces, el osado capaz de detener la palabra, si el poema, si el instante, no es otra cosa que nuestra tabla de salvación, si su música salvaje te dice: “estás aquí, en el lugar más impensable”, como un beso, como un sueño?

La palabra es permanencia, y poco le importa el tiempo. La palabra es conocimiento, hombro donde reposar de los cansancios, aquello que nos queda por escribir.

Me refugio en el verso sin maldad”, nos dice Lobato desde el amor; transparente, limpio, sencillo… 

Este libro es una sinfonía intensa que enamora, es la complejidad lúcida de una acuarela, la corriente de un río que te lleva, un drama destruido por una música bellísima.

Pero la primavera que nos dibuja es aún insegura, a pesar de los paisajes, del verdor y la luz de la mañana.

Hay algo tanatofílico en estos versos dolorosos de la segunda parte, ese deseo de regresar al estado primigenio, a la materia inerte, a la nada, al vacío…

“¿Por qué este caos desalmado?

¿Por qué esta duda infinita?”

¿De qué nos habla el poeta?, ¿desde qué forma de hastío? ¿Por qué esta distancia con sabor a muerte? La poesía también es descreimiento; lo nutre, al menos. La poesía también es lo que no se nombra, lo que se calla, lo que se pierde, el desconsuelo… ¿Nos estará hablando de amor? 

En la ficción del tiempo, “el maldito tiempo”, enfatiza el poeta, somos paréntesis; somos sueños.

Y en los sueños vivimos. Vivimos en un lúcido confundirse. Y escribir un poema es confundirse con lucidez.

Llega el verano y el poeta sigue buscando la luz. Llega el verano, mas los días siguen siendo grises, dolorosos… Sin volar.

¿Por qué no todo es fácil?, se pregunta. ¿Hasta cuándo este incómodo sentimiento?

Se atisba levemente un Paraíso lejano. “No hay versos, solo palabras vacías”, nos dice. Se atisba un Paraíso fértil que es silencio. Un Paraíso que nos habla del amor y su envés; el abandono, la incomprensión; temor a todas horas: temor y desconocimiento. El hombre, el poeta, teme ser niebla densa y ceguera.

Un eco se repite por su casa, una y otra vez: un nombre que es vacío, silencio, herida, ausencia…

Y la respuesta es no saber. Desde esta angustia, nacen los poemas. Encogen el corazón de tan crudos:

“complejo sentir de las horas que sacrifican la verdad en aras de un poema”, nos dice.

Y el deseo (al fin algo tangible) responde. Cuánta verdad late en la piel.  Cómo nos salva este temor tan vívido de desear, de que el tiempo nos arrebate la emoción de la carne: deseo y soledad, ¿no es esto la poesía?

El otoño, último movimiento de esta sinfonía literaria, hace de improvisada primavera. De nada sirve el olvido, es hora de recuerdos y aprendizajes. Ya no hay renuncia, sino anhelo de lo sorpresivo, fluir del mundo, consolidación de la voz. El poeta comienza a perfilar su plenitud:

Aprendo con el viento.

Ahora, reconozco tu imagen”

nos señala.

Y añade:

“En esta liturgia nocturna, siento el pasado no como una pérdida sino como el ethos de lo que soy. Lo que fue está en lo que vivo”.

El hombre se perdona, se enfrenta a lo irracional, al pasado. Ya no siente pudor de proclamar “soy lo que fui”: su pequeña victoria frente al tiempo.

Abraza el instante. La poesía es también aceptar ese liviano lastre, vivir en el momento:

“Te descubro imagen innominada,

En el centro mismo

de lo que soy,

te descubro”, canta el poeta.

Y aprieta la vida, la siente entre sus manos, y sueña, sueña palabras, palabras que nunca antes dijo.

No sabe más, pero ya no le importa.

Culmino ya este, llamémosle relato, sobre un libro sincero y generoso. Un libro que habla de amor y de poesía, un autorretrato sonoro de un hombre íntegro, de un poeta íntegro, capaz de transformar las heridas del tiempo en literatura. Un poeta valiente que ha sentido en su centro la necesidad de resistir. Ya no huye del tiempo, pues lo integra. La presencia de la muerte se hace vida; el tic-tac del reloj ya no es silencio, sino deseo de retornar al Paraíso perdido. Y la poesía es esa sed, sed de misterio, acogimiento.

El libro se cierra con un hondo poema de aceptación de la muerte y de la vida; un testamento de amor y eternidad.

Cuando esta ficción del Cronos no sea, el tránsito estará cumplido con sencillos gestos”.

Buenas noches, papá”, dice Rodrigo, el hijo del hombre, de Faustino Lobato Delgado.

Y el poeta responde:

“Abrazo el eco de lo eterno en ti. Al verte quiebro en mí el horizonte del tiempo”.

Hablan de amor

Gracias Luismi por esta reseña, por este canto a los versos de este libro que has hecho tuyo. Gracias.

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